Al final de la escapada

por Mirito Torreiro ("El País", 11 septiembre 1995)

La estimulante y en ocasiones sobrecogedora primera película de Manuel Huerga, "Antártida", es un ejercicio de brillantez formal, de riesgo asumido, de ruptura con una cierta noción de naturalismo al que parece propender la trama: que alguien emplee hoy recursos como retroproyecciones o transparencias sólo se puede entender como una voluntaria operación de acoso y derribo de algunos de los tótemes de la narración institucional de la que hacen gala la inmensa mayoría de de los filmes que hoy consumimos, que no amamos. Huerga y su guionista, Francisco Casavella, han sido capaces de firmar un debut de riesgo, que es lo que siempre hay que exigir de un debutante. De su colaboración surgen momentos de inspiración de ésos que sólo los creadores de talento son capaces de lograr: queda para siempre en la retina de este crítico esa secuencia, magistralmente escrita y resuelta, del enfrentamiento entre los dos yonquis en la cochambrosa pensión, un prodigio de catársis dramática pero también de profundo conocimiento de las normas de puesta en escena. Y tal vez para siempre quedará, igualmente, la sospecha de que el final del filme encierra algo que nos parece claro a simple vista pero que se puede leer en el tono de esa voz arrastrada, desesperanzada de Ariadna Gil, en su rostro casi vacío de expresión: que ningún paraíso existe, ni en la droga ni fuera de ella.

La conquista de la Antártida

por Núria Bou y Xavier Pérez ("Avui", 17 septiembre 1995)

Puestos a buscar antecedentes, nosotros preferimos pensar que el film de Huerga es el remake libre y posmosderno que le faltaba a "La Huída" de Peckimpah, después de la mimética e inútil tentativa de Roger Donaldson: aquí la reconstrucción de una pareja fugitiva a través de la experiencia del movimiento conjunto se ha convertido en pura construcción amorosa y la violencia no ha querido ser espectacularizada: pero los niños y sus juegos, tan caros para Peckimpah en su felíz ambigüedad, aparecen en remoto segundo término no casualmente, y las montañas virtuales que enmarcan la casa rural donde tiene lugar la tensadísima persecución final retoman la imaginería de un western actualizado en descarnada clave ibérica.

Un lugar tan frío como cualquier otro

por Señor Toldo ("Señor Toldo Dice", 3 junio 2006)

Se dicen muchas cosas sobre el cine español, como sabemos no muy positivas la mayoría, pero pocas veces se suelen tratar sus obras más imprevistas, que se resignan a quedar olvidadas sepultadas por la habitualmente adocenada regurgitación de la industria. No es que "Antártida" sea una producción underground o tenga la riqueza metalingüística de Zulueta, pero determinadas elecciones formales y el espíritu de la película hacen que sea una experiencia singular.

La primera película de Manuel Huerga, que desde 1995 no ha vuelto a dirigir ficción hasta presentar este año en Cannes "Salvador" –biografía anarquista donde aparecen juntas las dos actrices españolas más sexualmente deseables– cuenta la típica historia de chica conoce a chico, juntos roban nueve kilos de heroína, huyen de los narcotraficantes que les persiguen y terminan, como en toda road movie que se precie, encontrando el amor, a sí mismos, el deseo de vivir. Un argumento que dos años después repetiría con desternillantes variaciones Juanma Bajo Ulloa en "Airbag", la obra maestra del cine gamberro patrio.

Pero no se puede decir que el guión sea el valor fundamental de esta película que, de hecho, parece estar desarrollada a partir de cuatro líneas. Lo importante es la frescura y sensación de «trabajo sobre la marcha» que desprenden sus desbarajustadas imágenes. Ignoro si esta fue una elección consciente de Huerga –como es el caso de trabajos de Godard ("Un film en train de se faire") o del cielo giratorio de Mercedes Álvarez– o es el resultado de una desastrosa planificación de rodaje y un montaje poco habilidoso, sea como sea para mí es un punto a favor. Otro es la, esta sí, premeditada artifiosidad de todo lo que se narra. La historia deambula por terrenos ampliamente inverosímiles, pero además se usan constantemente trucajes cinematográficos como las transparencias y retroproyecciones con una intención claramente denotativa, un año después de que Oliver Stone llevara a cabo sus collages visuales de "Natural Born Killers". A lo que hay que añadir que toda la pista de sonido se encuentra doblada por los propios actores, aunque con notable artificiosidad.

En cuanto a la estructura narrativa, son habituales las elipsis esquizofrénicas y el uso de flash-backs que nos cuentan el pasado de la protagonista, la hiper-drogada y susurrante Ariadna Gil. Más cosas interesantes: personajes que aparecen y desaparecen de la forma más ad hoc que os podáis imaginar, un tiroteo en el que es imposible entender qué está pasando y donde la situación de cada personaje no coincide con el lugar que ocupaban inmediatamente antes, un par de escenas «de acción» que, ante la falta de medios, se desarrollan fuera de plano al más puro estilo uwebollesco y, no podían faltar, un buen número de frases estúpidas cuya única explicación tiene que ser la burla y parodia del género al estilo "Kiss Kiss Bang Bang". En muy mala posición situaría a la película pretender defender su seriedad, sobre todo después del extravagante final «lleno de equívocos».

Plus extra: el inefable Francis Lorenzo hace un papel secundario como inspector corrupto en el que demuestra todo su repertorio de dotes actorales insuflando una impenetrable rudeza a su mirada, una expresión sólida digna del mismo Al Pacino y una presencia y fisicidad delante de la cámara solamente comparable a los seductoramente agrietados labios de Ariadna Gil. Una mutación actoral que seguramente sirvió de referente para los Resines y Coronado de "La caja 507", otro thriller nacional que alguna vez (juas) merecerá aquí un análisis mucho menos favorable que el del último número de "Letras de Cine".

Qué más puedo decir para que se animen a darle una oportunidad a esta rareza española de los noventa que impregna todos sus resquicios con la música de John Cale y se viste con fotografía del gran Aguirresarobe. Bueno, que por si no se había notado a lo largo del post, Ariadna Gil me gusta mucho y está estupenda demostrando lo de maravilla que se le da hacer de yonqui decadente. Pues eso.

La luz de la Antártida

por Javier Ortega ("El cinéfilo distraído", 18 diciembre 2008)

Tenía un tanto abandonado el blog, por mor de los imperativos laborales y el hechizo seductor del Facebook, y me duele que el motivo de este regreso obligado estribe en la pérdida del gran escritor que era Francisco Casavella. Un hecho tan imprevisto como aciago.

Casavella era un gran novelista -duele y resulta extraño hablar en pasado-, autor de obras tan estimables como "El triunfo" o la galardonada con el último premio Nadal, "Lo que sé de los vampiros". Pero tiene un lugar de privilegio en esta página por su labor como guionista de uno de los mejores títulos que ha deparado el cine español en las dos pasadas décadas (sí, sé que la competencia no era gran cosa... pero ese es otro cantar). Hablo, por supuesto, de "Antártida".

En la espléndida y subestimada película de Manuel Huerga, Ariadna Gil prestaba su físico, entre hosco y vulnerable, a uno de esos personajes que Casavella sabía dibujar con mano maestra: antihéroes vencidos por el azar y la fatalidad, con una visión tan lúcida del mundo que su condición de malditos resulta inexorable. Carlos Fuentes daba la réplica con un brío que no se ha visto correspondido por su trayectoria posterior, lastrada como en tantos otros casos por la ausencia de guiones de enjundia.

Echaremos de menos a Casavella, aunque continuaremos recalando entre las páginas que esculpió con esmero... y nos dejaremos cegar de cuando en cuando, fascinados, por la intensa y espectral luz de la Antártida.

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