21/04/1998
por Pep Subirós en "El País"
Desde el pasado mes de septiembre viene funcionando en Barcelona, aunque de forma semiconfidencial (para recibirla, hay que realizar un pequeño ajuste en las antenas colectivas), la nueva BTV, es decir, la emisora de televisión local auspiciada por el Ayuntamiento de la ciudad.
Dada la inflación de ofertas televisivas, el asunto no tendrá mayor relevancia de no ser porque el nuevo equipo directivo, encabezado por Manuel Huerga, está llevando a cabo un experimento fascinante y casi utópico: el de producir una televisión informativa, entretenida y de calidad; una televisión que refleje los múltiples problemas, preocupaciones e intereses de la audiencia y no los de su patronal (gubernamental o empresarial) y de sus anunciantes; que apele a la razón, al corazón y a la conciencia, y no al bolsillo, al hígado o al escroto; que fomente la participación, la responsabilización y la solidaridad cívica, y no la pasividad, la estupidización y la confrontación; que distraiga, en fin, sin embrutecer.
La fórmula es relativamente simple, como todos los grandes inventos: durante el día, la programación de BTV es, en lo esencial, un extenso magazine en el que tienen cabida todos los aspectos de la vida de la ciudad, en toda su extensión, intensidad y frenesí. A partir de las diez de la noche, después de los últimos servicios informativos, el ritmo se apacigua y las "noches temáticas" permiten el tratamiento en profundidad de cuestiones -culturales, sociales, político-económicas...- cuyo interés no se agota con el día.
La fórmula funciona porque Huerga y su gente han conseguido cierta cuadratura del círculo: durante las horas diurnas, BTV es una afortunada mezcla de MTV más televisión de barrio, plenamente inmersa en la vida de la ciudad y de sus gentes; en las noches temáticas, por otra parte, las películas o los documentales suelen ser, aunque a menudo añejos, perfectamente relevantes y de primera calidad, y los contertulios, cuando los hay, no son profesionales del ingenio o de la insidia, sino personas vinculadas al tema, con sus ideas y sus dudas.
El resultado es una televisión en la que casi por primera vez uno encuentra un mundo -y en especial una ciudad- reconocible, lleno de problemas, sí, pero también de gente que hace lo que puede y más por solucionarlos.
Cuando el conjunto de televisiones del país, supuestamente públicas o abiertamente privadas, están embarcadas en la más frenética de las carreras para mantener al personal inmovilizado ante el receptor mediante la acreditada técnica de a ver quien dice o enseña lo más escandaloso, BTV se plantea, modestamente, como un servicio público de la ciudad y de los ciudadanos.
Para redondear el milagro, BTV trabaja con un presupuesto anual de unos 500 millones de pesetas, es decir, el equivalente a lo que aproximadamente nos cuesta, como contribuyentes o como consumidores, una semana de programación de las televisiones estatales o autonómicas.
BTV no tiene, ni tendrá, desde luego, los derechos de emisión de la Liga de las estrellas, ni del Tour, ni del Roland Garros, pero realiza algunos de los mejores programas deportivos que quepa ver en televisión. Hace unas semanas sintonicé casualmente la emisora y, para mi desconcierto, me encontré con la transmisión de un combate de boxeo. Permanecí enganchado a la emisión tanto por la sorpresa -¿todavía se celebran veladas de boxeo profesional en Barcelona? ¿Qué hace BTV transmitiendo un combate de boxeo?- como por el morbo que genera la violencia codificada. El combate, un campeonato de España de pesos medios, si no recuerdo mal, tenía lugar en Santa Coloma de Gramanet. Pronto me di cuenta de que se trataba de una transmisión sui géneris, es decir, marca de la casa: en primer lugar, no había comentaristas ni voz en off que nos contasen las virtudes de tan viril deporte; las cámaras -y los micrófonos- estaban tan atentas a los púgiles como a sus preparadores y ayudantes -en los respectivos rincones- y al público; finalmente, después del combate -que finalizó con un fulminante KO del ídolo local en el último asalto- las cámaras penetraron en los vestuarios recogiendo la euforia de unos y la desolación de otros, radiografiaron la reconversión de los gladiadores en probos y razonables ciudadanos, su reencuentro con los respectivos grupos de padres, novias y amigos, y su desaparición, entre felicitaciones y condolencias, en la noche de la periferia. En suma, el documental más honrado y tremendo que quepa imaginar. Todo ello, sin una sola palabra de BTV.
Para quienes siempre hemos creído que la televisión podía ser algo más y mejor, mucho más y mucho mejor, que una caja tonta y de atontamiento, la nueva BTV es la mejor de las noticias.
Nos gusta pensar -y hay algunas buenas razones para ello- que desde la recuperación de la democracia la ciudad ha ido desarrollando un conjunto de estrategias de renovación, revitalización y reequilibrio urbano y social que permiten hablar de un cierto modelo Barcelona. No creo equivocarme mucho si afirmo que BTV lleva rápidamente camino de convertirse no sólo en una pieza clave de ese modelo, sino en un auténtico modelo de televisión local por derecho propio.