Luis Javier Rodríguez Morán escribe un breve artículo en "La Voz de Asturias" citando la historia de la Maternidad de Elna y a Elisabeth Eidenbenz.
El texto surge de la lectura de "Una cita en Arlés" de María Luisa Prada.
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Assumpta Montellà escribe en su blog cómo fue su viaje a Viena para entregarle a Elisabeth Eidenbenz la foto del encuentro de Elnas.


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Ya tenemos la prometida foto del encuentro de Elnas:

Descarga la foto:
Fuente: el blog de Assumpta Montellà
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El otro día Alfonso Maíllo nos dejó un comentario compartiendo un texto de Manuel García Sesma (1902-1991) sobre Perseo Maíllo, uno de los niños nacidos en la Maternidad de Elna.
La historia es compleja y el texto algo extenso para un blog, pero por su valor merece la pena publicarlo íntegramente. Se trata de una carta que García Sesma escribió para Adela Maíllo (Adela Truyas Andreu), madre de Perseo. Pero una carta -originalmente escrita en francés- que nunca llegó a enviarse y cuyo autor mantuvo escondida durante muchos años. Posteriormente fue Jesús Bozal Alfaro quien conservó el escrito.
Ahora, Alfonso Maíllo -nieto de José Maíllo y sobrino de Perseo- la ha traducido al castellano:
A la señora Adela Maíllo (Adela Truyas Andreu)
en recuerdo de nuestro exilio en el municipio
de Saint Maurice d’Ibie (Ardèche),
con toda mi simpatía.
— Señora: a una mujer que va a ser pronto mamá, este maquillaje no le favorece nada... ¿Quiere lavarse, por favor...?
Y la Señora Edith, con la sonrisa en los labios, abrió ella misma el grifo del servicio. La interpelada, un tanto sorprendida al principio, un poco más inquieta después, cogió mecánicamente el guante de baño, lo empapó de agua y se quitó rápidamente el maquillaje. Era una refugiada de Alsacia, algo madura y un poco más frívola y coqueta: una de esas mujeres de la retirada de mayo y junio de 1940, sobre las que un miembro de la Academia Goncourt hizo un retrato despiadado en su libro "Primavera trágica".
La Señora Edith era todo lo contrario: un tipo de mujer que se toma la vida en serio y no como una máscara de carnaval. En primer lugar, no era francesa, sino suiza; superaba posiblemente la treintena, pero la llevaba muy bien: esbelta, delgada, morena, vestida con un uniforme de rayas azules y blancas, y cuello blanco almidonado. Era la comadrona de la maternidad. Porque el lugar en el que se desarrolla esta escena, era precisamente una maternidad: la Maternidad suiza de Elne, mantenida por la Cruz Roja de la pequeña República.
Elne es un municipio del departamento de los Pirineos Orientales, situado en los alrededores de los campos de concentración de Saint-Cyprien y Argelès-sur-Mer. En el momento del éxodo de los republicanos españoles en febrero de 1939, la Cruz Roja Suiza, sección de Socorro a los Niños, se había apresurado a abrir una Maternidad, para venir en ayuda de las refugiadas españolas embarazadas y de los niños recién nacidos.
En aquella época era Ministro del Interior un conocido radical socialista y francmasón conocido: D. Albert Sarraut. Los campos estaban bajo su autoridad. Por otra parte, en esta época funcionaban en Francia la obra de la Santa Infancia, dirigida entonces por Monseñor Merio. Pero ni la filantropía masónica ni la caridad católica tuvieron la ocurrencia de socorrer especialmente a nuestros infelices mujeres y niños. Naturalmente ni una ni otra sospechaban tampoco entonces que, al año siguiente, muchas mujeres y niños franceses y pueblos aliados de Francia (Polonia, Bélgica y Holanda) se encontrarían en el mismo caso. Afortunadamente, la Cruz Roja Suiza -que no mira la nacionalidad ni la ideología, sino la desgracia- estaba ya allí; y a partir de entonces la Maternidad suiza de Elne abrió sus puertas no solo a las futuras madres españolas, sino también a las de cualquier nacionalidad, refugiadas en los campos de concentración.
Justo cuando la Señora Adela Maíllo entró allí, a finales de enero de 1941, había una austriaca, una rusa blanca, una judía francesa, una polaca, etc. No obstante, el contingente más numeroso era siempre el de las españolas.
La Maternidad suiza de Elne estaba situada a dos kilómetros del municipio, en el Castillo de Mirois, un viejo edificio de tres pisos, que ocupaba el centro de un jardín. Disponía de 50 camas, distribuidas en varias habitaciones, de entre 4 y 8 camas cada una. Casi todas estas habitaciones habían sido bautizadas con nombres de las principales ciudades españolas: Barcelona, Bilbao, Madrid, Santander, Sevilla y Zaragoza. Además de éstas había otras con los nombres de Suiza, Polonia, Marruecos y París. Por consiguiente, todos los niños nacidos en la Maternidad suiza de Elne eran primero marroquíes... Era una pequeña habitación pintada de blanco verdoso y amueblada con una cama, una mesa, un lavabo y un armario conteniendo utensilios de la comadrona. Este era pues el principal centro de actividades de la Señora Edith. A veces esta actividad se revelaba verdaderamente angustiosa, porque los recién nacidos no querían esperar su turno, y más de una vez, aunque no muy a menudo, dieron a luz en la misma cama dos mamás juntas. Por suerte para la Señora Adela Maíllo, Perseo fue desde el primer momento un niño bueno y llegó a este extraño mundo el día 19 de febrero de 1941, sin presionar descortésmente ni a su madre ni a su comadrona.
Sin embargo, fue un niño español, travieso y guapito, quien, veinte meses después, haría las delicias de los refugiados del municipio de Saint-Maurice d’Ibie. Pero cuando se presentó en este planeta y pidió un lugar para él, era, como todos los recién nacidos, un pequeño mamífero rojizo y deforme, de 2’770 kilos de peso. En cuanto la Señorita Edith lo tuvo en sus brazos, se lo enseñó a su madre, lo limpió, le puso el paquete y lo expidió a Madrid. Cosa rara. ¡Su madre, catalana cien por cien, no protestó...!
En efecto, Madrid era el hogar, la habitación en la que se encontraban las cunas de los recién nacidos: una habitación limpia y cuidada, llena de cunas de mimbre e inocentes bebés. Cuando Perseo se presentó, había tantos niños que no había sitio para él. Pero la Señorita Betty era tan lista que le encontró uno provisional muy pronto, en la cuna de otro español. Perseo permaneció allí tres días. Después ocupó su propia cuna.
La Señorita Betty, aunque jefa de Madrid, no era madrileña ni española, sino suiza. Tenía sin embargo la gracia y el aspecto simpático de una señorita de la Latina o de Chamberí.
En primer lugar, hablaba perfectamente español, como la Señorita Edith. Era una muñeca rubia, grande, frágil, bonita y alegre, de unos 21 años; en fin, el ángel guardián ideal para esta guardería madrileña.
Perseo pasó allí las primeras 24 horas de su existencia sin moverse ni comer nada, como es de rigor en estos casos, sobre todo en tiempos de restricciones. Pero a partir del día siguiente, comenzó a viajar y a devorar de una manera alarmante. Cada tres horas, iba de Madrid a Zaragoza, no en avión -Zaragoza está alejada de Madrid unos cientos de kilómetros-, sino en los brazos de Betty. En Zaragoza -la habitación en la que se recuperaban las mujeres que habían dado a luz-, su madre le daba el pecho seis veces al día. Pero la pobre madre, tras las privaciones del campo de concentración, no tenía demasiadas fuerzas, mientras que Perseo mostraba una voracidad de lobo. Entonces, tres semanas después, fue necesario reforzar con biberón la lactancia materna. Sin embargo, ni siquiera con este refuerzo se saciaba este pequeño Lucullus en bañador. La ración normal de biberón era de 120 gramos de leche: el pequeño Perseo tomaba siempre entre 160 y 170 gramos. ¡Ba! Estaba en el país de Pantagruel.
Naturalmente, después de haberse atiborrado de esta manera, el niño dormía como un ángel. No molestaba a la señorita Betty mas que a la hora de despertarse.
Si hubiera sido mayor, habría sido necesario despertarlo más de una vez a bastonazos. Pero la guapa enfermera no prodigaba los golpes, sino las caricias. Gracias a este régimen, Perseo, 50 días después de su nacimiento, pesaba ya 3’5 kilos.
Mientras tanto, su madre, que se había levantado de la cama, se había trasladado de Zaragoza a París. Tras dos años de estancia en Francia, valía la pena visitar su capital -debió pensar la Señora Adela. ¡Incluso en el mes de marzo de 1941...!
Por supuesto, el París de la Señorita Elisabeth no era exactamente el del General von Stülpnagel... Allí, como en toda la zona ocupada por la Maternidad suiza, la autoridad no se imponía por la fuerza, sino por el espíritu de abnegación y dulzura. La Señorita Elisabeth, la directora de la sección, era una joven de unos 25 años, rubia, esbelta, hábil y simpática. Era también suiza, como sus dos colaboradoras, y hablaba correctamente el español; pero no llevaba uniforme.
Las normas de la dirección eran, en cuanto a la disciplina, de una firmeza sutil; y lo mismo para lo que concernía al régimen disciplinario, al orden, el buen trato y la tolerancia. Las tres señoritas suizas sabían imponerse siempre de la manera más contundente y agradable. Por otro lado, el orden en la casa era total. Todo estaba en su sitio. Cada lunes, la Señorita Elisabeth distribuía los servicios de la semana entre los refugiados que podían asumirlos. La higiene era perfecta; la comida adecuada y abundante; el respeto a las creencias religiosas absoluto. Se bautizaba a los niños cuyas madres lo pedían expresamente; pero no existía ninguna presión a este respecto. Y por otra parte, nada de rezos colectivos ni de catequesis impertinentes (1).
Cuando la Señora Maíllo tuvo que dejar la casa con su niño, el 11 de abril de 1941, lo hizo expresando un gran pesar y un inmenso reconocimiento hacia estas tres suizas ejemplares. ¡Desgraciadamente! el panorama iba a cambiar completamente para ella y su niño. ¡Otra vez el campo de concentración con sus alambres de espino, sus gendarmes, sus ratas, sus piojos, su escasez y su miseria...!
A pesar de todo, en el campo de Argelès había también una caricatura de Maternidad, instalada en la barraca B9 del campo de mujeres. Yo conocía muy bien esta clase de campamento por haber habitado el B14, durante los meses julio y agosto de 1940, tras el armisticio franco-alemán del 25 de junio. Pues bien, aquella era una barraca como las otras, con la única diferencia de tener parquet, disponer de alumbrado eléctrico y estar dividida en tres compartimentos: uno para las madres, otro para los niños y el tercero para Nati, una joven española encargada de la dirección. Los bebés disponían de pequeñas cunas de madera. Cada noche eran custodiados por dos madres que se relevaban a las dos de la madrugada. Cuando la Señora Maíllo se instaló con Perseo, había aproximadamente veinte niños y una docena de madres. La diferencia se explica porque casi la mitad de las madres tenían otros niños mayores en otras barracas y preferían dormir allí con éstos.
Durante el invierno, el habitáculo de los niños disponía de una estufa de carbón para calentarlos. Y eso era todo. Nada de agua ni siquiera los medios de higiene infantiles más elementales. Para limpiar a los niños, las madres tenían que ir a buscar agua en las cocinas del campo que, efectivamente, no siempre les era suministrada.
El régimen alimenticio de las madres en periodo de lactancia era exactamente el mismo que el del resto de los refugiados. A las siete de la mañana, café solo, y bien remojado... Al mediodía, un plato de nabos, solos o con alcachofas, y un poco de mermelada o fruta. A veces se añadían una o dos sardinas saladas y un cuarto de vino; y una vez por semana un trozo más de carne. En cuanto al pan, se distribuía diariamente un pan de un kilo para tres personas, es decir, 333 gramos para cada madre. Por supuesto, este kilo de pan no era siempre real, sino teórico. A las 16:00 horas, la misma comida que al mediodía.
Para los niños, el racionamiento era similar. El campo no les hacía ninguna distinción. ¿Qué esperaban? La comandancia del campo no estaba compuesta precisamente por profesores de puericultura. Afortunadamente, la Sección de Socorro a los Niños de la Cruz Roja suiza seguía ayudando a los niños encerrados en los campos. Proporcionaba diariamente un litro de leche para cada lactante, y daba a los otros niños leche por la mañana y una merienda a base de mermelada o queso por la tarde. Estas meriendas se repartían también cada día a las madres.
Cuando un niño caía enfermo, se le trasladaba al Hospital General del campo. Si aún era lactante, se permitía a la madre quedarse junto a él. En caso contrario, la madre no podía verlo más que los días de visita, es decir, dos veces por semana, por la tarde. Por otra parte, cuando los niños estaban bien, las madres necesitaban un permiso para sacar a sus bebés a tomar el sol entre las alambradas. Así fue pues como Perseo y su madre vivieron en el campo de Argelès-sur-Mer alrededor de un mes. Afortunadamente, el pobre bebé no se daba cuenta de nada.
Hacia mediados de mayo de 1941, como el resto de los niños de Argelès, se le trasladó al campo de Rivesaltes, situado también en los Pirineos Orientales. El traslado tuvo una consecuencia trágica. Una cincuentena de niños sucumbieron en pocas semanas. Pero Perseo aguantó valientemente. Entonces, la Cruz Roja Suiza pidió y obtuvo el traslado de los supervivientes más amenazados a su colonia infantil de Banyuls-sur-Mer. Perseo no se movió de allí.
Sin embargo este lugar no era muy cómodo. Para no variar demasiado, como en Argelès más o menos. Primero, la Señora Maíllo fue alojada con su niño en el islote J, barraca 21. Luego, cuando Perseo cumplió seis meses, pasaron ambos a la barraca J15; seis meses después, a la barraca J29; y finalmente, cuando el bebé tenía ya quince meses, a la barraca J33. Al mando del campo de Rivesaltes no había ningún discípulo de Marie Montessori ni del Doctor Variot; pero, al fin y al cabo, el trato era algo más razonable. Para empezar, el racionamiento de los niños era también en principio el mismo que el de los ancianos, pero con una diferencia: ni vino ni café, y solamente cien gramos de pan al día. Para compensar, se daba medio litro de leche al día a cada niño, a partir de un año.
Por otra parte, los auxilios de la Cruz Roja Suiza estaban allí perfectamente organizados. Se proporcionaba diariamente a los lactantes de hasta un año un litro de leche; a los de uno a tres años, una buena ración para dos comidas de arroz o bledine; a los de tres a seis años, arroz solamente; y a los de seis a catorce años, leche y arroz o puré. El reparto se realizaba desde la sede Central de Auxilios a los Niños, sita en la calle de Tarn, número 71 (Toulouse).
Por lo demás, las condiciones de vida en el campo de Rivesaltes eran tan miserables como las de Argelès. Y, en algunos aspectos, aún más penosas. Así, por ejemplo, la barraca de los bebés tenía una estufa, como en Argelès; pero no se suministraba ni carbón ni madera para encenderla. Entonces las madres, para no dejar morir de frío a sus niños, se veían obligadas a ingeniárselas para encontrar combustible en el campo, lo que no era fácil y, además, daba a menudo lugar a detenciones. ¿Pero de qué no será capaz una madre para defender la vida de su hijo...?
Los temores de la comandancia del campo tras la crisis de mortalidad infantil a principios del verano de 1941, le llevaron a tomar medidas un tanto inhumanas. Por ejemplo, la de no permitir a una madre cohabitar con dos hijos de menos de tres años y la de prohibir a un niño visitar a su hermano pequeño, residente en la Maternidad del campo. Pero finalmente estas medidas fueron poco a poco derogadas, tras una inundación que pudo convertirse en una catástrofe.
Cuando un niño caía enfermo, se le trasladaba a la enfermería general del campo; pero no se permitía el acceso de la madre más que para darle el pecho, si era lactante. Aunque, naturalmente, podía verlo los días de visita, es decir, jueves y domingos. Afortunadamente para su madre, Perseo no tuvo nunca necesidad de ser trasladado a la enfermería.
No obstante, uno se imagina fácilmente que la vida en estas condiciones no era muy agradable, y nadie se sorprenderá de que un buen día la Señora Maíllo se decidiera finalmente a salir del campo con su hijo, en el plazo más corto posible. Era el mes de marzo de 1942. Perseo tenía ya más de un año y permanecía en el campo de Rivesaltes desde hacía diez meses. Su padre, que estaba adscrito al 410 Grupo de Trabajadores Extranjeros en Perpignan, había sido obligado a trasladarse con éste a la zona ocupada en julio de 1941. Trabajaba por lo tanto en Saint-Malo, la pequeña patria de Chateaubriand y de Lamennais. Su hermano mayor, José, permanecía conmigo en el 160 G.T.E. en Saint Maurice d’Ibie (Ardèche). Un día José Maíllo me dijo: «Me gustaría traer aquí a mi cuñada y a mi sobrinito. Ya sabes, siguen en el campo de Rivesaltes y la vida allí no es agradable para ellos. Adela me comunica que con un contrato de trabajo se le permitiría dejar el campo».
«Muy bien» -le respondí. «Cuenta conmigo para hacer las gestiones necesarias».
Inmediatamente, visitamos al Señor Arsac (2), el alcalde del municipio, y al Señor Arrassipé, un ingeniero jubilado que se comprometió a contratar a la Señora Adela Maíllo como costurera para su mujer y su hija.
Ya ves, está hecho -le dije a la salida. Antes de acabar este mes, tendrás aquí a tu cuñada y a tu sobrino.
Pero... ¡desgraciadamente!, no contábamos con el vicio por el papeleo de la Administración francesa. ¿No se lo creen? Para enviar a Francisco Maíllo a trabajar en zona ocupada, una simple orden y dos días de viaje bastaron. ¡Por el contrario, para sacar a su mujer y a su hijo de un campo de concentración, fueron necesarios siete meses de intercambio de papeles...!
Pero, por fin, un buen día de octubre de 1942, aterrizaron ambos, de improvisto, en el municipio de Saint Maurice d’Ibie. Inmediatamente les instalamos como es debido en nuestro hotel de refugiados. Era un viejo tugurio del pueblo compuesto por dos espacios: una habitación y una cocina. En la habitación dormíamos tres camaradas: dos catalanes y yo; en la cocina se había hecho un pequeño apartamento con dos cubiertas y allí dormía una joven pareja aragonesa. Entonces, para colocar a la Señora Maíllo y Perseo, se improvisó al lado, en la misma cocina, otro minúsculo compartimento con otras dos cubiertas; y hete aquí cómo nuestros dos huéspedes fueron instalados como es debido... Sí, en efecto, aquí hubo un hogar compuesto por siete personas, en su mayor parte sin vínculo familiar alguno, manteniendo a pesar de todo con armonía una vida familiar, en dos docenas de metros cuadrados. Naturalmente, para hacer milagros similares era necesario antes ser un refugiado español.
Por supuesto, el pequeño Perseo se convirtió, desde principio, la alegría de la casa. Era, ciertamente, una joya: guapo, gracioso, inquieto, travieso y cariñoso. En esta época tenía ya veinte meses y pesaba 12’800 kilos. Sus ojos eran azules; su cara, regordeta; su cabello, de rizos de oro. Saltaba como un cabrito y parloteaba como un loro. Su jerga era pintoresca: una especie de esperanto particular. Figuraos: su madre catalana, como mis camaradas Mateu y Masip; la pareja aragonesa y yo hablábamos castellano; y en el pueblo el pequeño sólo oía el francés. Entonces nos saludaba: «Kapalel, uva» (3); y decía a su tío negándose: «no vull» (4).
Por lo demás, ¿no había nacido de padres españoles en una región francesa, en una maternidad suiza y en una habitación marroquí...? ¡El colmo, Dios mío, el colmo!
Como todos los niños de su edad, rompía todo lo que encontraba a mano y se divertía ruidosamente con todo y con todos. Por las tardes, me gustaba ponerlo a menudo sobre mis rodillas y jugar alegremente con él. El pobre apenas tenía juguetes para divertirse; sin embargo encontró uno extraordinario: un gato. Teníamos un pequeño gato, dócil y paciente, para cazar ratones. Y bien, Perseo la tomó con él desde el primer día, y la cola del pobre animal estaba siempre tan estirada entre sus manos, como la cuerda de un arco.
Como Perseo entraba entonces en el periodo de la imitación, comenzó muy temprano las prácticas de los hombres: a fumar, a gastar el dinero y a enamorarse... Un día, Masip habiéndole puesto entre los labios, para divertirse, un cigarrillo no encendido -quede claro-, el pillo de Perseo se puso a gesticular como un fumador.
Comenzó también a gastar el dinero de su madre de la manera más alarmante. ¿Saben cómo? Rasgando todos los billetes que encontraba al alcance de su mano. Billete cogido, billete despedazado. Por supuesto, ignoraba entonces completamente la existencia y los estragos de la inflación; pero intuía, se ve, que todos estos papeles, sucios y feos, sólo serían buenos, a corto plazo, para encender el fuego...
El enamoramiento del pequeño Perseo fue algo muy sorprendente. ¡Asombraos! ¡Se enamoró de la Señora Geneviève Guitry...! De veras. Desde hacía algunos meses, tenía sobre mi cabecera un gran retrato de la tercera mujer de Sacha. Lo había recortado de la revista "7 Días" y lo había pegado en la pared de mi habitación. Pues bien, Perseo se enamoró de la carita de la guapa Geneviève y subiéndose de vez en cuando encima de mi colchón, se ponía a abrazarlo amorosamente. ¡Diablo de niño! (5)
La sombra benefactora de la Cruz Roja Suiza siguió protegiéndolo incluso en la aldea de Salelles. En Ginebra, la cuna del autor del "Emile", Perseo tenía unas madrinas misteriosas: las Señoritas Berney, que vivían en el número 18 de la calle Dassier. Eran hadas buenas que ni siquiera le conocían. Y bien, razón de más para reconocer su acción benefactora y su desinterés.
¡Bendito país éste de Suiza, cuyas mujeres se preocupaban generosamente por salvar la vida de los niños desafortunados del continente, mientras que los otros hacían todo lo posible por destruir la civilización y la humanidad...
Notas:
(1) Era el mismo espíritu de Adèle Kamm -una pequeña santa protestante de Lausana- respecto a sus mariquitas. Las suizas saben ser, como ninguna otra mujer de Europa, profundamente religiosas y escrupulosamente tolerantes.
(2) Era el alcalde de Saint Maurice. Menú de bodas de Robert Arzac, hijo del Señor Alcalde de Saint Maurice, celebradas en Vogüe, el 8 de septiembre de 1942, en presencia de 100 huéspedes: entremeses variados / melón congelado Oporto / jamón del país, aceitunas y mantequilla / menestra de verduras; entrantes: cabeza de ternera salsa real / bocaditos de la reina / truchas salmonadas meunière / encebollado de liebre San Huberto / judías verdes a la inglesa. Asados: gansos asados / pollos de grano / piernas de cordero / ensalada temporada, postres combinados: helado en molde Paulette / tarta de Saboya / uvas, melocotones, turrones / grajeas pequeñas variadas al horno / chocolates garapiñados; vinos: rosado Costas de Setras / Blene Hermitage / tinto Costas del Ródano / Champagne espumoso; café, licores.
(3) Raphaël: des raisins.
(4) No quiero.
(5) Desgraciadamente nuestro humilde hogar de Saint Maurice no duró mucho tiempo. Habiendo sido disuelto el Grupo 160 el 31 de octubre de 1942, tuvimos que retirarnos a Salelles, una aldea del mismo municipio. Perseo y su madre tuvieron que instalarse con la pareja aragonesa en una pocilga...; yo, en una pequeña buhardilla, fría y oscura. Como desde entonces ya no trabajaba en la Oficina del Grupo, sino en el bosque, como el resto de mis compatriotas, sólo veía al niño de vez en cuando. Aún así, cuando lo visitaba o lo encontraba por casualidad, me llamaba siempre afectuosamente: ¡Sesma, Sesma! Cuando no iba a la cantera, escribía a veces en el tugurio de su madre. Entonces ésta pedía al niño: ¿Qué hace Sesma? Y Perseo respondía invariablemente: «cribir a papa» (escribir a papá). ¡Pobre niño!
*Fuente original de este texto
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Tal como anunciábamos hace unos días y comenta hoy Assumpta Montellà en su blog, esta noche se emite en el C33 de Televisió de Catalunya el documental "El Llegat de la Maternitat d’Elna".
Se trata de una coproducción de Televisió de Catalunya con Enunai Produccions y Televisión Española.
*Leer la reseña en "El Periódico"
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Todas se llaman Elna. Salvo alguna excepción, sus padres les pusieron ese nombre tras leer el libro "La Maternidad de Elna: Cuna de los exiliados", de Assumpta Montellà, libro que sirve de base para la próxima película que voy a tener el honor de dirigir.
Míralo en Youtube o descárgalo:
El encuentro tuvo lugar el pasado 8 de junio en el Parc la Ciutadella de Barcelona con el objeto de hacerse una foto para regalársela a Elisabeth Eidenbenz en su 95 aniversario. Cuando Elisabeth tenía 25 llevó a cabo una gesta de incalculable valor humanitario montando una Maternidad en el pequeño pueblo francés de Elna, cerca de los campos y playas en los que fueron abandonados a su suerte más medio millón de exiliados españoles al finalizar la Guerra Civil. Gracias a esa iniciativa, Elisabeth pudo ayudar a traer al mundo en condiciones dignas cerca de 600 niños y niñas que de otro modo hubiesen encontrado una muerte segura.
Desde aquí, el equipo de la película deseamos a Elisabeth un feliz aniversario, y nuestro más infinito agradecimiento por la labor realizada en los momentos más duros de nuestra reciente historia.
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En el encuentro de Elnas. 8 junio 2008, Parc de la Ciutadella...

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Después de varias semanas estrenando el nuevo diseño del blog, abrimos comentarios -a ver qué pasa- para que los internautas puedan participar en la web.
Para la ocasión, en vez de usar el sistema de comentarios del propio CMS -Spip- hemos optado por Disqus. Un gestor independiente con algunas interesantes ventajas:
Para poder comentar no es necesario darse de alta en ningún lado. Es decir, se puede firmar como anónimo. Aunque siempre es recomendable crearse una identidad propia en Disqus. El sistema, por lo pronto, solo está en inglés. El administrador de los comentarios será "yerblues", webmaster del blog.
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Tanto "El País" como "El Periódico de Catalunya" publican hoy respectivas crónicas sobre el encuentro de Elnas celebrado ayer en el Parc de la Ciutadella de Barcelona.

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Hoy se ha hecho realidad el encuentro de Elnas organizado por Assumpta Montellà en el Parc de la Ciutadella de Barcelona. Ha sido una jornada muy especial que ella misma ha narrado en una primera crónica desde su blog.
Próximamente publicaremos aquí fotos y algún que otro vídeo...
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Este es el blog de Manuel Huerga sobre el film "Las Madres de Elna", el cual se encuentra en estos momentos en fase de preproducción.
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