Todas se llaman Elna. Salvo alguna excepción, sus padres les pusieron ese nombre tras leer el libro "La Maternidad de Elna: Cuna de los exiliados", de Assumpta Montellà, libro que sirve de base para la próxima película que voy a tener el honor de dirigir.
(vídeo publicado en mi blog de "Las Madres De Elna")
El encuentro tuvo lugar el pasado 8 de junio en el Parc la Ciutadella de Barcelona con el objeto de hacerse una foto para regalársela a Elisabeth Eidenbenz en su 95 aniversario. Cuando Elisabeth tenía 25 llevó a cabo una gesta de incalculable valor humanitario montando una Maternidad en el pequeño pueblo francés de Elna, cerca de los campos y playas en los que fueron abandonados a su suerte más medio millón de exiliados españoles al finalizar la Guerra Civil. Gracias a esa iniciativa, Elisabeth pudo ayudar a traer al mundo en condiciones dignas cerca de 600 niños y niñas que de otro modo hubiesen encontrado una muerte segura.
Desde aquí, el equipo de la película deseamos a Elisabeth un feliz aniversario, y nuestro más infinito agradecimiento por la labor realizada en los momentos más duros de nuestra reciente historia.
Estaba esperando con impaciencia la aparición del libro "El fenòmen Springsteen: Parlen els fans catalans" (Ara Llibres), ni más ni menos que como lo que soy, uno más de esos fans catalanes abducidos por el fenómeno de New Jersey, en mi caso desde hace ya casi 30 años. Y acabo de leerlo. Piel de gallina desde la primera hasta la última página. Se consume con la misma voracidad y atropello con la que escuchas por primera vez un nuevo disco o asistes a sus conciertos. No en vano está escrito por fans tan incondicionales como el más de un centenar de testimonios recogidos -entre los que me enorgullezco de estar- y a pesar de ello tiene la suficiente seriedad como para interesar a un público más amplio, siempre que éste sea capaz de quitarse de encima unos cuantos prejuicios.
El libro ejerce un innegable efecto diván entre los acólitos porque permite conocernos mejor individual y colectivamente. Asume sin tapujos el frikismo demostrando que ser fan en algunos casos no es sinónimo de imbecilidad, exhibiendo con orgullo pasión, inteligencia y emoción, los excesos, la ternura, el humor o la autocrítica a partes iguales. Un libro que habla de cine y de literatura, pero también de padres y de hijos, de valores, de ética y compromiso, de amor y dolor y sobretodo, de rock and roll.
Y luego está ese tema del romance con Barcelona que se aborda sin chauvinismos. Los fans, que por fortuna no estamos cortados por el mismo molde, discrepamos razonablemente para acabar viendo la cosa como lo del vaso medio lleno o medio vacío. Como debe ser.
Sólo dos cosas ensombrecen un poco el placer casi extático que me ha producido su lectura. Por un lado la llamativa ausencia de algunos conocidos fans catalanes que me consta que no han faltado por despiste de los autores. Y por el otro, más ajeno al propio libro, el hecho de que por haber sido escrito en catalán haya provocado la consabida pataleta de los mismos a los que nunca se les ocurriría exigir a Bruce Springsteen que cantase en castellano.

Es la primera vez que utilizo mi página personal para hablar de temas que no tienen que ver con mi trabajo o con el trabajo de mis amigos y el de la gente que quiero y admiro. Si nos ponemos, realmente hay muchas cosas de las que se debería hablar –demasiadas– pero tengo que reconocer que a veces uno se siente más atraído por leer la opinión de los demás debido principalmente a la falta de tiempo, a mis limitadas dotes literarias o simplemente a la pereza.
Pero hoy se ha colmado el vaso de mi paciencia y de mi indignación tras tiempo inmemorial de soportar estoicamente esa despreciable práctica comercial de las llamadas a tu propia casa, casi siempre a horas estratégicas en que seguro que te pillan, saliendo de la ducha o comiendo, aunque evidentemente les da igual si por un casual estás echando un polvo o en ese momento en tu casa tiene lugar un drama familiar.
Digo que hoy se ha colmado el vaso porque he recibido una llamada a las 15:30, de ésas que empiezan con "Buenas tardes, mi nombre es Fulanita de Tal, llamo de Cruz Roja, ¿con quién tengo la amabilidad de hablar?". Aquí hay que distinguir entre las llamadas que preguntan por tu nombre, aunque lo lean mal y lo pronuncien peor, y las que sencillamente no tienen ni idea de a quién llaman y con las que desvelan fatalmente sus siniestras intenciones.
Pero el colmo de los colmos ha ocurrido cuando, tras excusarme diciendo que estaba comiendo y que ésas no eran horas de llamar, toda la impostada amabilidad de esa señorita, que, insisto, hablaba en nombre de la Cruz Roja, se ha esfumado de golpe y me ha colgado el teléfono no sin antes llamarme "cabrón de mierda".
Es lamentable la mala pata de esa mercenaria telefonista y más todavía que le haya tocado pagar el pato a Cruz Roja y no a Telefónica, Vodaphone, Tele 2 y un interminable nombre de empresas que ni recuerdo ni falta que me hace, que martillean diariamente, sin compasión, sin decencia y sin escrúpulos el sacrosanto templo de tu intimidad. Pero hasta hoy todavía no se habían pasado tanto. Y que conste que a mí la Cruz Roja me merece todos los respetos ya que hasta donde son soportables las contradicciones que todos arrastramos en nuestro "acomodado" primer mundo, tengo la conciencia razonablemente sensibilizada en cuanto a mi compromiso y solidaridad contra toda clase de tragedias e injusticias humanas y medioambientales.
Hay que decir que este tipo de llamadas, que ocultan siempre su número para protegerse como cobardes de posibles contraofensivas, se reciben a través de los aparatos fijos y no de los móviles. Ésos ya se encargan de machacarnos con otro tipo de basura, pero al menos suele llegar escrita. Las que ahora me ocupan echan mano de esos datos protegidos por la famosa "política de confidencialidad" y que a la hora de la verdad debe circular con total impunidad por todas las agencias de marketing del mundo y para quienes no somos más que ese trocito de pastel que se disputan entre ellas como buitres.
¿Qué clase de defensa tenemos contra esa práctica infame? Ni siquiera apelaré a su "inconstitucionalidad", supuesta arma legal tan sobada como inútil que apenas se aguanta ya como latiguillo retórico.
El problema es que, sin comerlo ni beberlo, uno se encuentra de golpe, pongamos por caso en lo mejor de la siesta, lidiando con una situación de lo más surrealista con alguien que se acaba de meter en tu casa sin pedir permiso (al menos el correo comercial no pasa del buzón de la portería), que te pide tu nombre (se cree que dándote el suyo, que me importa un rábano, ya tienes la obligación de ser amable), dedicarle un nada despreciable tiempo escuchando su soporífera oferta, que de tantas veces repetida suena a letanía indescifrable por la cantidad de datos que suelta a una velocidad de vértigo pero que no obstante exige toda tu concentración puesto que al final te va a preguntar si te interesa. Y no se te ocurra decir que "no" porque entonces el examen se vuelve más duro y exigente. De nada te sirve que le digas que la sopa ya se ha enfriado. La agresividad de la señorita aumenta a medida que presiente que tú tampoco vas a picar y que tus modales empiezan a desfallecer. Y es entonces cuando ella solita intercambia hábilmente los papeles y pasa a interpretar el papel de víctima, momento cumbre del surrealismo y que, en tal día como hoy, ha terminado insultándome.
Me pregunto hasta qué punto son rentables estas estrategias. Me pregunto de qué les sirve engordar una lista de ciudadanos cabreados que, como yo, por el sólo hecho de haber sido avasallados de esta manera ya les he puesto en mi particular lista negra de indeseables.
Actualización (16/08/2008). Parece ser que se tomarán medidas:
* Consumo denunciará las llamadas para vender productos
* La Agencia de Protección de Datos investiga el ’spam’ en los móviles
Hace menos de un año tuve ocasión de compartir unas horas en compañía de Rafael Azcona con motivo de la entrega de premios de la Cartelera Turia, donde recibió un merecido homenaje por su brillante carrera como guionista.
Ahora, aquellos momentos adquieren un valor especial porque se convierten en la única ocasión que he tenido en la vida para expresarle mi profunda admiración, y también para agradecerle la apasionada defensa que hizo de "Salvador" como Presidente del Jurado de los Premios Ondas, exigiendo que nos fuese otorgado como "el acontecimiento cinematográfico del año" bajo la amenaza de dimitir si no era reconocida como tal. Su muerte, inevitable como todas, deja huérfano a éste país de un auténtico maestro en el oficio de escribir para la pantalla historias y personajes inolvidables a través de los cuales ha retratado con humor agridulce esa España esperpéntica que todavía hoy nos sigue helando el corazón.

Nunca sabremos a ciencia cierta quién es el verdadero padre de "2001". Tomando como punto de partida un breve relato titulado "The Sentinel", Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick se encerraron unos meses del año 1965 en el Chelsea Hotel de Nueva York para concebir una de las obras cumbres no sólo del cine sino de todo el arte del siglo XX. Dos talentos visionarios unían sus fuerzas con imaginación y rigor científico a partes iguales y de aquella unión salieron una película y, después, otro libro. Clarke contribuyó decisivamente en la creación de la obra cinematográfica, pero Kubrick también podía firmar perfectamente una novela que, contra a lo que es habitual, se basaba en el filme.
El argumento en cuestión plantea la hipótesis según la cual la especie humana evoluciona gracias al camino que le marca una inteligencia superior. Con esta premisa en la que se funden discursos y pensamientos científicos, filosóficos y religiosos, no es de extrañar que "2001" se convirtiera en una de las obras más visceralmente idolatradas de la historia del cine, al mismo tiempo que era repudiada o incomprendida por innumerables espectadores que no cesan de preguntarse, aún hoy, sobre el significado del famoso monolito.
Quiero pensar que Kubrick y Clarke están ahora más cerca que nunca de las estrellas y de las respuestas que buscaron, al igual que buscamos todos nosotros.
(artículo publicado el 20 de marzo de 2008 en ’La Vanguardia’ a raíz de la muerte de Arthur C. Clarke)
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