Sol y Sombra
por Manuel Huerga ('El País', 27 agosto 1996)
Hay personajes ilustres que se despiden de este mundo como tales, puesto que su labor hacia la sociedad ha sido visible, notoria y sobradamente publicitada. Pepo Sol, que acababa de cumplir cincuenta y tantos años el domingo pasado, se ha ido sin despedirse, tan discretamente como era en su estilo de maquinar en la sombra algunas de las hazañas más grandes ocurridas en Barcelona, gracias a las cuales sigue siendo una ciudad de prodigios, de imaginación y creatividad. Pepo amaba el arte y los artistas y por eso era también un artista en cazar y forjar talentos, en darles su primera oportunidad, en creer en ellos cuando todavía no les conocía nadie, en arriesgar generosamente su tiempo y su dinero con tenacidad. Hay quien llama a eso mecenazgo, aunque son pocos los que se lo han reconocido. Pero Pepo fue también él mismo un artista porque era siempre el primero en lanzar algunas de las ideas y proyectos más atrevidos y descabellados que han circulado por la Barcelona de los últimos 15 años -ganándose a pulso una injusta fama de excéntrico-, y que casi siempre resultaban ser las mejores ideas y los proyectos que se llevaban a cabo. Pepo era anarquista, es decir, un pesimista lúcido, lleno de romántico idealismo, un verdadero guru de la modernidad, un provocador genuino, un agitador cultural que disparaba continuamente y con envenenada ironía hacia la mediocridad institucional imperante. Pepo era también un observador nato, aquel voyeur solitario sentado interminables horas en el Marítim de Cadaqués de hace muchos años, tomando una café tras otro. Tal vez por eso también resultó ser un magnífico fotógrafo en los últimos tiempos. Había sido abogado en Ginebra y Milán, pero lo suyo era ser productor, productor de lo que hiciera falta. Y por eso, a la sombra de su productora Ovideo TV, se dedicó a conseguir que ciertos políticos dieran en público su mejor imagen; por eso, desde la sombra, era maestro de creativos publicitarios: por eso, en la sombra, promovía encuentros y amistades en el cine, el teatro y la televisión, cuyos frutos resultaron espectaculares, y por eso, en definitiva, desde la sombra reunió uno de los mejores carteles jamás logrados en la historia del espectáculo, para llevar a cabo algo que en las últimas semanas ha revalorizado su talento para la posteridad: prácticamente nadie se ha acordado este verano de que Pepo Sol fue el verdadero artífice de las ceremonias olímpicas de Barcelona 92. Algunos -entre los que me incluyo- han sabido o han podido capitalizar mejor aquel indiscutible triunfo. Pero su enfermedad, y sobretodo su indiferencia hacia la vanidad humana, le arrinconó este verano en su casita de La Nou de Gaià esperando estoicamente el final junto a su musa, amante y mujer, Concha.
No he conocido nunca -y creo que no volveré a conocer- a nadie tan generoso con sus amigos. Muchos como yo pueden decir que Pepo Sol era además como un padre -hermano de la Luna Bigas- puesto que de su mano hemos conocido lo mejor y lo peor de un cierto mundo: el del espectáculo, la publicidad, el cine, la música, el arte, pero también la sensualidad, la calidad de vida , el dandismo, el glamour. Con Pepo toqué las estrellas porque para él nunca había nada imposible. Pepo era como el enano gruñón de Blancanieves y ni siquiera iba a los entierros de sus amigos ("pamplinas"). Pero pocos habíamos podido comprobar lo mucho que le emocionaba el cariño sincero que ahora mismo me gustaría demostrarle. Es posible que tampoco esta vez asista a su entierro, y desde algún lugar que desconozco me parece verle responder mis palabras con su sonrisa escéptica. Adiós, Pepo. |

©Marie Espeus
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